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"Lurdes Ventura,
una vida ejemplar" |
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Las diminutas piezas de cerámica recrean una atmósfera
que venera, como se puede rastrear en toda la obra de
López, lo sagrado de las pequeñas cosas.” Marta
Dillon
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| Curación |
| Roberto Fernández |
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Fechas |
Lunes a Viernes de 11 a 13 y 14 a 19 hs.
Sábados de 10 a 13 y 15 a 18 hs.
Inauguración: miércoles 4 de octubre, 19hs.
Cierre: 30 de noviembre de 2006.
>Ver nota Marta Dillon para
Pag. 12 |
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textos
ELLAS CAMINAN
Ellas caminan a paso lento/ salieron por fin/ son seis”,
dice en el principio el relato en homenaje a seis mujeres con
nombre y apellido que alguna vez, en Finisterre, allí donde
terminaba el viejo mundo, echaron a andar, en círculos algunas,
otras pisando sobre las maderas que atravesaron el océano. Una
de ellas, Gelucha, es quien llenó de un agua bendita el corazón
espinado que sobre un costado de la sala inicia el recorrido,
que no es tan arduo como el iniciado hace años, pero en el fondo
es el mismo. Porque ellas (Ellas, tal el título que le dio Ana
López al poema y la instalación en la galería Alberto Sendrós)
se enredan en los pasos de cualquiera que entre en este recinto
que no es sagrado pero que invita a la plegaria para salvar a
ese niño que las mujeres llevan en la punta de la procesión, un
niño imaginario pero también cualquiera de los nuestros, los de
cada uno, los que crecen a pesar de todo entre los escombros de
un mundo fragmentado que apenas se ve desde las ventanas y
amenaza desde la televisión, por ejemplo. O desde las fotos de
los diarios. Son tan pequeñitas Ellas. Tanto que podrían anidar
entre dos dedos, proyectando su sombra diminuta sobre la palma,
dando y pidiendo refugio, una manzana señora Santana, que llora
el niño, con lágrimas comunes de dolores viejos y nuevos,
dolores sin tiempo como los que exorciza Ana López en esta
procesión de mujeres de manto, que no son vírgenes ni mucho
menos pero tampoco necesitan más para vestirse y salir al
camino. Y así lo hicieron en el relato. Y ahí se las ve sobre la
pared, en los dibujos en papel, unos pocos trazos, los que hacen
falta para recortarse de un fondo uniforme, para adquirir una
identidad y defenderla. Esos dibujos de esas tantas mujeres que
acompañan la procesión, acompañaron también a la artista durante
el proceso. Que es parecido a caminar pero no es lo mismo.
Aunque en el fondo, en el fondo puede ser.
Ana López empezó un día a caminar también. Y fue después de una
charla, fue después de haber lamido la sal de sus mejillas, de
haber tocado el fondo de muchas crisis que no le pertenecieron
del todo porque eran comunes, como ella, que no es madre, pensó
que tal vez, si fuera posible retrotraerse al origen, a la niña,
el niño que fuimos, entonces habría algo cierto que defender. Y
que tal vez, sólo tal vez, de eso supieran las madres
acostumbradas a lidiar con lo básico: el alimento, los
excrementos, la sed, el dolor físico que hay que calmar para que
el niño pueda jugar y desprenderse (separarse). Y entonces el
camino que primero fue una palabra (una charla) empezó a
moldearse con la huella de sus dedos sobre el barro (la
cerámica) pariendo con las manos una mujer, y después otra, y
otra más. Las seis primeras, a quien dedica el libro de artista
que completa la muestra, su madre y sus tías, las caminantes de
Finisterre, que como la punta de un cabo que empieza a
desenredarse trajo también el principio de la misma artista: su
infancia, los objetos de su infancia. Las manzanas de la nana
que le pregunta a la señora Santana por qué, por qué llora
elniño. ¿Por qué llora ella? ¿Qué es lo que se ha perdido en esa
cocina de frutas de cerámica que ahora pueblan una pared blanca
irradiada de luz como un altar? Lo que sea que ella busca, lo
que Ellas han salido a buscar, se entrega de a dos. Porque uno
no es nada. ¿De qué sirve comer si no se puede compartir el
placer del mordisco? ¿De qué sirve salvar un niño si no se puede
salvar otro? Y otro más. En la cocina del principio, ahora
convertida en altar, la mesa es generosa. O no es.
El sol se oculta, sale la luna. Unos pasos más y un fuego
encendido. El fuego y otra mujer que se acerca y cuando las
primeras miran al costado ya son cientos. Como las que poblaron
los soles y las lunas de la artista que buscaba una guía para
sus pasos, para sus dedos, para la sorpresa del esmalte cuando
sale del horno y fragua un color inesperado. Ana López, como
quien busca una plegaria –”porque eso es lo que sabemos las
mujeres, hablar, pedir, caminar mientras los hombres siembran
bombas”– fue enhebrando palabras que enhebraban acciones. Las
mujeres de su cuento, las que fueron naciendo de sus manos
salieron un día en busca de la diosa inmensidad, “la savia madre
de todas las cosas”. La diosa que no pudieron modelar sus manos
más que como ausencia. Y así le llama la artista a esa pieza sin
rostro ni cuerpo que habló en su cuento cuando el viento, que
desarma y deforma –como a esas margaritas (también de cerámica)
que se hincan bajo su peso y besan la línea de tierra que las
sostiene– pero también amontona, se detiene. ¿Por qué la diosa
es también la ausente?, ¿ausencia de lo sagrado que Ana devuelve
con el gesto humilde de unas piezas diminutas? Lo que escribe
–lo que se canta en la música sin fin que para esta muestra creó
el bailarín Carlos Casella– son las palabras que la artista fue
encontrando en el camino, mientras la luna se ponía y el sol
amanecía, al rescoldo de lo que fue una hoguera y las cenizas
cubrieron para que se pueda volver a encender. Cenizas sobre el
fuego como el manto sobre el cuerpo de las mujercitas de Ana
López que tienen voz y tienen escucha para lo que “la ausencia”
(la diosa) tiene para decir. Mantos brillantes de esmalte
horneado que hablan del despojo de quien se viste para salir a
caminar con otros y no para distinguirse de otros. Aunque
también. Y la diosa ausente habla, y la primera mujer, Maruja en
el cuento, abre los brazos pequeños y escucha el rumor que dejó
el viento cuando paró: “Los primeros puntos son como el arrullo
que siente el pichón cuando el nido es suyo”. ¿Dónde está ese
nido? ¿Qué es lo sagrado ausente? Estas mujeres, muchas,
tenaces, las de cerámica y las reales, como la misma artista
–que dice que sabe hablar pero también sabe hacer y aquí está la
muestra y están también los muchos intentos desde la artesanía a
la orfebrería, para que la palabra y el arte sean pan y sean
parte– son las que caminan y las que recuerdan –como aquellas
otras en tantas plazas–, las que pueden proteger un corazón
espinado con sus manos juntas, como un talismán celta de esos
que se consiguen en Galicia, allí donde la madre y las tías de
la artista empezaron una vez a caminar. Ellas son las que pueden
convertir el camino en plegaria y a eso se dedican: “Uno por
delante otro por detrás –dice el cuento que dijo la voz de la
ausencia– borda entre sus venas dosis de piedad. La fruta más
rica debe convidar, esa es la tarea que hay que comenzar”.
“Todas se miraron ese amanecer, la primera puntada ya podían
coser”.
Por Marta Dillon
Página 12 / 2003
SENTIDO, SENSACIÓN Y SENTIMIENTO.
Las obras de Diana Aisenberg, Ana Gallardo y Ana López suman
sensibilidad e inteligencia a una irrenunciable mirada femenina.
Ellas
Desde comienzos de la década del 90 Ana López se dedica a una
rama particular de la escultura, la imaginería, de la que toma
el modo figurativo y la policromía y ciertos temas que recrean
libremente la iconografía cristiana. Así se suceden en su
producción santas, cabezas de mujeres con atributos simbólicos
--algunos más relacionados con la obsesión que con la
santidad--, sirenas y corazones. Desde entonces entreteje sus
obras con la palabra poética, que es otra manera de afirmar la
tradición imaginera conectándola con la narración
mítico-religiosa.
EEn la instalación que muestra en la Galería de Alberto Sendrós,
estas características encarnan en pequeñas figuras de cerámica.
Representan una procesión de mujeres que detienen su andar ante
una aparición. El poema que acompaña a la obra relata esta
marcha que tiene como fin ir al encuentro de una revelación: la
misión de la mujer preservando la vida y los vínculos humanos en
un mundo en conflicto. Una pieza notable inicia el recorrido y
anuncia el ingreso en un recinto sagrado: una pila de agua
bendita en forma de corazón en llamas, ceñido por una corona de
espinas, cita al de la Virgen Dolorosa y ratifica el estado
sufriente y apasionado de toda mujer, más aún en su rol de
madre. La instalación se completa con delicados dibujos
realizados con lápices acuarelables que describen distintos
momentos de esta perseverante travesía.
Adriana Lauría
La Nación / 2003 |
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