textos
LOS EXTRAÑOS ANIMALES DE MUNDO BÚLGARO (Las bestias humanas)
DEBATE Revista semanal de opinión
Viernes 18 de Junio, 2004
Año 2. Número 66
Buenos Aires
Sección: cultura, página
53
La muestra mundo Búlgaro – que se
exhibe hasta fines de mes en Papelera Palermo- provoca una
sensación de profunda extrañeza. Las criaturas grotescas
parecen humanizarse y generan en el espectador una desolada
ambigüedad, que remite a lo bestial que subyace en la
condición humana.
No hay por qué frecuentar animosamente los
desbordes de la desdicha, sin alguna razón que lo justifique.
Pero cuando a alguien le toca el infortunio de atravesarla
–por lo que fuera-, debe hacerse algo con eso, si se
sobrevive. Par lo cual se requiere del paciente procesamiento
de un lenguaje – en este caso es la escultura- para arribar a
las formas más personales y “felices” de la desolación humana.
Luis Freisztav, conocido como El Búlgaro, ha creado un
universo de criaturas que exponen su desdicha en la mirada
como una ofrenda, como una enseñanza de máxima comprensión de
sí mismas y del mundo cruel que las rodea, que las condena a
un proceso de interminable degradación. Es impresionante
recibir este golpe paradójico de quietud – la concreta de la
escultura 4n su estadío definitivo- a la vez que de
transformación veloz hacia la marginalidad de los tejidos de
un cuerpo, eternizado en el grotesco de la desnutrición. Allí
reside el gran hallazgo de este artista: lograr el tironeo
entre lo estático y el movimiento que surge de la batalla por
sobrevivir ante la precipitada presencia de la muerte. Esto,
particularmente, sucede con la serie de los Perros, algunos de
tamaño real, otros en miniatura. Detenidos en ese límite atroz
entre quedarse en este mundo o partir, y reproduciendo, en
algunos casos, escenas sexuales, estos perros se exponen
humanizados y le reclaman al Hombre que abandone ese lugar
salvaje y “animal” desde el cual el Hombre trata al hombre sin
mediar la razón. Esos Perros al igual que los Monos, con
intensidad y reclamo de niños hambrientos en su mirada
excesiva y escalofriante – ojos de café vidriosos dentro de un
blanco amarillento-, buscan humanidad en aquellos que la han
perdido, no obstante su condición obvia. Esta inversión de
roles entre escultura y espectador es una de las más
interesantes experiencias en esta muestra, que podrá verse
hasta fines de junio en la galería de Papelera Palermo (en
Cabrera 5227).
Luego, la serie de Sapos ofrece un espectro curioso, entre la
ternura infantil –quién no ha brincado como sapo en su
infancia, quién no los ha arrancado de su estanque y ha jugado
con ellos hasta verlos humanizados- y la ambigua belleza de su
rugosidad, de su epidermis espesa, de su boca de herradura que
inunda de tristeza. Resultan hermosos los sapos que habitan
como relieve en un mural de vidrio, donde la sensación de agua
y transparencia ofrece un respiro fresco luego de tanta
opresión.
El Búlgaro también deja entrever su humor negro en los títulos
de sus esculturas: Fuiste alpiste resulta gracioso en si, pero
más aún en el contraste absurdo que genera con su horrorosa
fisonomía: cabeza blanca lúgubre de pájaro más bien parecido a
un buitre –ese buitre kafkiano que empieza por los zapatos y
que en una página acaba con una vida impiadosamente-, largo y
alto como un hombre (el buitre kafkiano ha tomado al hombre
hasta ocupar su puesto), envuelto en una bolsa negra con un
cierre relámpago hasta el cuello.
Al final del recorrido, a modo de rezo pagano de autoconsuelo,
podrá uno purgarse con las palabras de Rilke: “Lo que en
definitiva nos cobija es nuestro estar desamparados”. Que así
sea.
MARÍA MALUSARDI
bestiario
Suplemento RADAR
Número 405
Año 7
23 de Mayo de 2004
Buenos Aires
Páginas 12 y 13
PLÁSTICA Animales desamparados, garabatos
de alambre cubiertos de cartapesta, sapos y perros de la
calle habitan el particular universo de Luis Freisztav. Su
retrospectiva Mundo Búlgaro los reunió en un recorrido
singular, entre la animalidad y la más profunda humanidad.
Por Marta Dillon
El dice que ahora podría dejar de hacer esculturas. Ahora
que aprendió a nadar, a abrir los ojos debajo del agua, a
dar la vuelta como un atleta olímpico impulsándose contra el
límite de la pileta y a expulsar el aire que sobra mientras
lo acaricia la suave presión del líquido, Luis Freisztav, El
Búlgaro, podría darles un descanso a esas manos que
compulsivamente construyeron una obra que como estacas
hendidas en la pared lisa de la montaña lo ayudaron a seguir
escalando la cuesta de su vida. Ya no necesita, como antes,
sus garabatos de alambre creando formas para que una piel de
cartapesta las convirtiera en perros de la calle, monos
ensimismados en una tristeza oscura como un pozo ciego, como
si dijeran desde esos ojos desorbitados, demasiado humanos
para un animal de cartón, aquí estamos, esto somos y nada
más: unos monigotes que imitan la vida o que podrían vivir
la negra noche del desamparo. El artista aprende a respirar
bajo el agua como si la restricción fuera su maestra, y con
eso le basta. Porque ¿qué otra cosa es el arte para él sino
aprender a seguir en el mundo poniendo señas en el camino
que le permitan mirar hacia atrás y decir: es cierto, aquí
estoy y sigo haciendo? ¿Hay algo más en esa certeza en este
Mundo Búlgaro en el que habitan sus miedos y sus fantasías
–sus animales como un reflejo que se vislumbra en cualquier
charco- tomando por asalto a quien entra y descubre el peso
de los años, el caminar empecinado de quien no se rinde
porque siempre está buscando? Y sin embargo El Búlgaro dice
que podría dejarlo todo para seguir nadando, porque en
definitiva lo que le importa es estar vivo, y eso que antes
confirmaba al alumbrar sus monstruos marinos de tripas
abiertas –como hubiera querido abrirse el pecho cuando el
aire se negaba a salir y renovarse- es una sencilla verdad
cuando se sumerge y con los ojos abiertos percibe los juegos
de la luz que atraviesa el agua.
II
Descontándolo a él mismo, hay un solo habitante del Mundo
Búlgaro que está erguido, de pié sobre sus dos patas: los
hombros negros, el pecho hundido, un cierre relámpago que se
cierne sobre la tráquea. Y los ojos dos cuencas abismales en
donde el artista se miró una vez y habiendo sobrevivido los
dejó ahí, expuestos en esa cara de buitre que no pudo
carronear sobre su cuerpo. Es, tal vez, el último de sus
animales esqueléticos, como si en esa mirada hubiera un
fondo desde el que empezó a emerger en el preciso instante
en que la bolsa negra que le da alas al espectro venía a
cerrarse sobre El Búlgaro, un tarde de frío en Nueva York,
tan lejos de casa. El cree que la neumonía, en realidad, fue
un “choque cultural”. Es su propio pesimismo, dice, el no lo
dejaba ver más allá de su nostalgia en un país al que vio
desde el piso, cuando lo daban por muerto y él escuchaba un
hombre que vendía paraguas (umbrellas) pensando que se
quejaba de hambre. Puede ser arbitrario, pero la sensación
es que la sombra de esos ojos ubicados en un lugar marginal
de la galería, sientan un antes y un después. Antes y
después de que la muerte se topara con el empecinamiento
búlgaro y replegara sus alas. Entonces cambiaron también los
animales esqueléticos, los frágiles sapos que se pueden
posar sobre las paredes como insectos, hasta el papel y el
alambre cambió su consistencia de la arcilla como si
necesitara un volumen más concreto, más firme, con colores y
texturas de este mundo abiertas a fuerza de punzón. Podía
ser un homenaje también, un homenaje a la amiga con la que
caminó las calles del borde descubriendo un vez que hasta
los perros guachos pesaban más que ellos juntos. Liliana
Maresca murió y el mismo día de su entierro él empezó a
entender que también estaba enfermo y que si quería seguir
adelante tenía que tomar una decisión. Apagó el último
cigarrillo y entretuvo sus manos en esos escuerzos que alguna
vez había soñado con su amiga, montados en el medio de una
sala, en un charco de barro que se rompería (como el tejido
social, decía Maresca) cuando los espectadores lo pisaran.
Ahora el charco es un fuente delicada que presiden unas
ranas nuevas, transparentes, apenas una inflamación en el
vidrio que es su cuerpo y su soporte, un relieve que existe y
cambia gracias a la luz y el aire que le dio volumen el aire
que es alma y deseo de vivir y que El Búlgaro aprendió a
aspirar cuando el agua le quita lo que le sobra.
III La
noche más larga no fue la amenaza de la bolsa negra en la
que pensaban envolverlo, ni ese camión que él recuerda
plateado como un filo que estaba dispuesto a cargarlo. La
noche larga era ese manto negro que se enredaba en sus pasos
cuando no sabía que esa manía de transformar los alambres
–que quedaban cuando en el Abasto se quemaban los cajones de
papas que el llevaba y traía en un camión- en mujeres que
cargaban cántaros; sería el hilo que lo guiaría hacia la
superficie: su arte. Él las hacía y las dejaba herrumbrarse
porque no creía que eso era un “laburo” suyo, como cualquier
otra pieza de su Mundo. Es duro formarse en la calle, dice,
es azaroso, puede funcionar o puede uno quedar aislado con
sus obras sin saber siquiera que lo son. Por eso él es un
hombre agradecido antes y después del pesimismo que esgrime
como una marca de identidad y que cuesta reconocer: ¿por qué
si no, insistir desde siempre en buscar un arte que sería
ajeno? ¿Por qué, si no se espera nada bueno, seguir llenando
su mundo de animales nuevos? Sencillamente no hubiera podido
evitarlo, y además, fue (es) su forma de agradecer a ese
grupo de amigos que lo rescató de una orfandad que apenas
reconocía y le enseñó placeres nuevos: reunirse, hablar,
hacer. Siempre le gustó el arte, dice, pero no había tenido
acceso a sus goces más que fortuitamente, un par de tardes
en que faltó a su trabajo de mozo para ver a Antonio Berni
hacer La Vuelta de Martín Fierro en San Martín, la ciudad
ortiba, según él, donde nació y creció. ¿Ves? –dice- no pude
terminar el colegio pero era capaz de cualquier cosa por ver
cómo trabajaba. Como fue capaz de cualquier cosa para
recuperar ese tiempo perdido en distintos oficios antes de
que el arte se transformara en algo vivo que además se podía
compartir. Fue después de esos encuentros con otros artistas
que conoció compartiendo choripanes en el Abasto cuando
empezaron a nacer los monos tristes que arrastran la noche y
su súplica en los ojos, y después los perros de la calle,
cogiendo y rascándose porque el pudor a ellos no les
pertenece y lo devuelven a quien mira como un espejo de la
propia miseria. Estaba contento en esa época, dice, tanto
que cuando lo invitaban a una fiesta llegaba dos o tres
horas antes de la cita porque en realidad estaba aprendiendo
también lo que era una fiesta. Que importaba que el cuerpo
se esmirriara tanto como el armazón de sus esculturas; el
manto negro todavía pesaba sobre sus hombros, sobre los
hombros de todos , dice pensando en la asfixia de la
dictadura y además, insiste, porque cuando vivís el
equilibrio no es fácil. El equilibrio es esquivo y angosto
como una cornisa y uno cede a una cosa o a la otra con tal
de avanzar un paso, sea en la dirección que fuere. ¿Cómo iba
a saber él que estaba enfermo, si todos estábamos enfermos?
IV “Se diría que son sapos que padecen de
un exceso de vida; una inflación de la naturaleza encarnada
en uno de sus ejemplares más paradojales: hermosamente
plenos para algunos, repulsivos para otros. Pero Luis
Freisztav sabe que la vida nunca es excesiva, sino justa y
necesaria” escribió Eduardo Stupía en un fragmento del
bellísimo texto que acompaña las obras de Mundo Búlgaro y
que bien se podría copiar en estas página si no fuera por la
ansiedad personal de rendir también homenaje a ese conjunto
de obras que abren un universo particular, construido por
pura voluntad, voluntad de abrir el espacio, de tomar aire,
de valorar la experiencia de cada día por encima incluso de
la obra porque El Búlgaro sabe que aún cuando desde su
pesimismo cada tanto ordene las cosas para su propia partida
y hasta dedique una obra para cada amigo –obras que se
quebraron en el horno para que él entienda que no es momento
de irse-, él sabe que lo que importa es el espacio, este
intervalo fértil en el que todavía puede encontrarse con
nosotros, donando sin saberlo la obra maestra de su
empecinamiento, que le enseñó a nadar cuando apenas podía
respirar. Y a hacer la plancha después del esfuerzo, para
dejarse inundar por la paz que hace creer que podría,
incluso, dejar de hacer. Aunque entonces los huérfanos
seríamos todos los demás.
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