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“Mundo Búlgaro” de Luis Freisztav
“Mundo Búlgaro” es un recorrido por
 las esculturas de Luis Freisztav,
“el Búlgaro”,
Esta singular muestra, con sus piezas
construidas en tan diversos materiales
(barro, cerámica, papel, vidrio),
abarca el período de 1991 a 2004.

Curación
Roberto Fernández
Fechas
Inauguración
Jueves 29 de Abril al 19 de agosto de 2004.

BIOGRAFÍA

Luis “Búlgaro” Freisztav
Escultor autodidacta


Nace el 25 de Mayo de 1954 en Buenos Aires, Argentina.
En 1985 trabaja como asistente del escultor Omar Stela en la realización del altar de la Catedral de Avellaneda.
Durante 1986 trabaja en los talleres de microfundición de Humberto Montes.
Obtiene la Beca a la Creación Artística del fondo Nacional de las Artes.
Entre 1997 y 1999 trabaja en cerámica esmaltada, junto con Marcia Schvartz. Y Ana López como invitados especiales, en los Talleres de Producción Artística de la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova.


MUESTRAS INDIVIDUALES y colectivas
2004
“Mundo Búlgaro”. Papelera Palermo – Casa de Oficios. Bs. As.
“El cuerpo del arte – El arte del cuerpo”. C. C. Recoleta. Bs. As.
2001
“Salón Manuel Belgrano”, Museo Sívori. Bs. As.
Museo de Arte contemporáneo de Bahía Blanca
2000
Centro Cultural Ricardo Rojas. Bs. As.
1999
Siglo XX Argentino – Galería de Arte. Bs. As.
“Instalations”. Consulado General de Argentina. N. York, USA.
Instalación junto a Graciela Patts. Alianza Francesa. Bahía Blanca.
Salón Hugo del Carril. Museo de Arte Moderno. Bs. As.
“Animal Invisible”. Teatro Auditorium. Mar del Plata.
“Habana / Sao Paulo, Haus der Kulturen der Welt. Arte
Contemporáneo de América Latina”. Berlín. Alemania.
Salón Municipal Manuel Belgrano. Museo E. Sívori. Bs. As.
Festival del Color – Premio Quinquela Martín. Bs. As.
“Ludwin Forum fur Internationale Kunst”. Aachen. Alemania.
3er. Premio Salón Municipal M. Belgrano. Museo Sivori.
Bs. As.



textos


LOS EXTRAÑOS ANIMALES DE MUNDO BÚLGARO (Las bestias humanas)

DEBATE Revista semanal de opinión
Viernes 18 de Junio, 2004
Año 2. Número 66
Buenos Aires
Sección: cultura, página 53

La muestra mundo Búlgaro – que se exhibe hasta fines de mes en Papelera Palermo- provoca una sensación de profunda extrañeza. Las criaturas grotescas parecen humanizarse y generan en el espectador una desolada ambigüedad, que remite a lo bestial que subyace en la condición humana.

No hay por qué frecuentar animosamente los desbordes de la desdicha, sin alguna razón que lo justifique. Pero cuando a alguien le toca el infortunio de atravesarla –por lo que fuera-, debe hacerse algo con eso, si se sobrevive. Par lo cual se requiere del paciente procesamiento de un lenguaje – en este caso es la escultura- para arribar a las formas más personales y “felices” de la desolación humana.
Luis Freisztav, conocido como El Búlgaro, ha creado un universo de criaturas que exponen su desdicha en la mirada como una ofrenda, como una enseñanza de máxima comprensión de sí mismas y del mundo cruel que las rodea, que las condena a un proceso de interminable degradación. Es impresionante recibir este golpe paradójico de quietud – la concreta de la escultura 4n su estadío definitivo- a la vez que de transformación veloz hacia la marginalidad de los tejidos de un cuerpo, eternizado en el grotesco de la desnutrición. Allí reside el gran hallazgo de este artista: lograr el tironeo entre lo estático y el movimiento que surge de la batalla por sobrevivir ante la precipitada presencia de la muerte. Esto, particularmente, sucede con la serie de los Perros, algunos de tamaño real, otros en miniatura. Detenidos en ese límite atroz entre quedarse en este mundo o partir, y reproduciendo, en algunos casos, escenas sexuales, estos perros se exponen humanizados y le reclaman al Hombre que abandone ese lugar salvaje y “animal” desde el cual el Hombre trata al hombre sin mediar la razón. Esos Perros al igual que los Monos, con intensidad y reclamo de niños hambrientos en su mirada excesiva y escalofriante – ojos de café vidriosos dentro de un blanco amarillento-, buscan humanidad en aquellos que la han perdido, no obstante su condición obvia. Esta inversión de roles entre escultura y espectador es una de las más interesantes experiencias en esta muestra, que podrá verse hasta fines de junio en la galería de Papelera Palermo (en Cabrera 5227).
Luego, la serie de Sapos ofrece un espectro curioso, entre la ternura infantil –quién no ha brincado como sapo en su infancia, quién no los ha arrancado de su estanque y ha jugado con ellos hasta verlos humanizados- y la ambigua belleza de su rugosidad, de su epidermis espesa, de su boca de herradura que inunda de tristeza. Resultan hermosos los sapos que habitan como relieve en un mural de vidrio, donde la sensación de agua y transparencia ofrece un respiro fresco luego de tanta opresión.
El Búlgaro también deja entrever su humor negro en los títulos de sus esculturas: Fuiste alpiste resulta gracioso en si, pero más aún en el contraste absurdo que genera con su horrorosa fisonomía: cabeza blanca lúgubre de pájaro más bien parecido a un buitre –ese buitre kafkiano que empieza por los zapatos y que en una página acaba con una vida impiadosamente-, largo y alto como un hombre (el buitre kafkiano ha tomado al hombre hasta ocupar su puesto), envuelto en una bolsa negra con un cierre relámpago hasta el cuello.
Al final del recorrido, a modo de rezo pagano de autoconsuelo, podrá uno purgarse con las palabras de Rilke: “Lo que en definitiva nos cobija es nuestro estar desamparados”. Que así sea.

MARÍA MALUSARDI





 

bestiario
Suplemento RADAR
Número 405
Año 7
23 de Mayo de 2004
Buenos Aires
Páginas 12 y 13

PLÁSTICA Animales desamparados, garabatos de alambre cubiertos de cartapesta, sapos y perros de la calle habitan el particular universo de Luis Freisztav. Su retrospectiva Mundo Búlgaro los reunió en un recorrido singular, entre la animalidad y la más profunda humanidad.

Por Marta Dillon
El dice que ahora podría dejar de hacer esculturas. Ahora que aprendió a nadar, a abrir los ojos debajo del agua, a dar la vuelta como un atleta olímpico impulsándose contra el límite de la pileta y a expulsar el aire que sobra mientras lo acaricia la suave presión del líquido, Luis Freisztav, El Búlgaro, podría darles un descanso a esas manos que compulsivamente construyeron una obra que como estacas hendidas en la pared lisa de la montaña lo ayudaron a seguir escalando la cuesta de su vida. Ya no necesita, como antes, sus garabatos de alambre creando formas para que una piel de cartapesta las convirtiera en perros de la calle, monos ensimismados en una tristeza oscura como un pozo ciego, como si dijeran desde esos ojos desorbitados, demasiado humanos para un animal de cartón, aquí estamos, esto somos y nada más: unos monigotes que imitan la vida o que podrían vivir la negra noche del desamparo. El artista aprende a respirar bajo el agua como si la restricción fuera su maestra, y con eso le basta. Porque ¿qué otra cosa es el arte para él sino aprender a seguir en el mundo poniendo señas en el camino que le permitan mirar hacia atrás y decir: es cierto, aquí estoy y sigo haciendo? ¿Hay algo más en esa certeza en este Mundo Búlgaro en el que habitan sus miedos y sus fantasías –sus animales como un reflejo que se vislumbra en cualquier charco- tomando por asalto a quien entra y descubre el peso de los años, el caminar empecinado de quien no se rinde porque siempre está buscando? Y sin embargo El Búlgaro dice que podría dejarlo todo para seguir nadando, porque en definitiva lo que le importa es estar vivo, y eso que antes confirmaba al alumbrar sus monstruos marinos de tripas abiertas –como hubiera querido abrirse el pecho cuando el aire se negaba a salir y renovarse- es una sencilla verdad cuando se sumerge y con los ojos abiertos percibe los juegos de la luz que atraviesa el agua.

II Descontándolo a él mismo, hay un solo habitante del Mundo Búlgaro que está erguido, de pié sobre sus dos patas: los hombros negros, el pecho hundido, un cierre relámpago que se cierne sobre la tráquea. Y los ojos dos cuencas abismales en donde el artista se miró una vez y habiendo sobrevivido los dejó ahí, expuestos en esa cara de buitre que no pudo carronear sobre su cuerpo. Es, tal vez, el último de sus animales esqueléticos, como si en esa mirada hubiera un fondo desde el que empezó a emerger en el preciso instante en que la bolsa negra que le da alas al espectro venía a cerrarse sobre El Búlgaro, un tarde de frío en Nueva York, tan lejos de casa. El cree que la neumonía, en realidad, fue un “choque cultural”. Es su propio pesimismo, dice, el no lo dejaba ver más allá de su nostalgia en un país al que vio desde el piso, cuando lo daban por muerto y él escuchaba un hombre que vendía paraguas (umbrellas) pensando que se quejaba de hambre. Puede ser arbitrario, pero la sensación es que la sombra de esos ojos ubicados en un lugar marginal de la galería, sientan un antes y un después. Antes y después de que la muerte se topara con el empecinamiento búlgaro y replegara sus alas. Entonces cambiaron también los animales esqueléticos, los frágiles sapos que se pueden posar sobre las paredes como insectos, hasta el papel y el alambre cambió su consistencia de la arcilla como si necesitara un volumen más concreto, más firme, con colores y texturas de este mundo abiertas a fuerza de punzón. Podía ser un homenaje también, un homenaje a la amiga con la que caminó las calles del borde descubriendo un vez que hasta los perros guachos pesaban más que ellos juntos. Liliana Maresca murió y el mismo día de su entierro él empezó a entender que también estaba enfermo y que si quería seguir adelante tenía que tomar una decisión. Apagó el último cigarrillo y entretuvo sus manos en esos escuerzos que alguna vez había soñado con su amiga, montados en el medio de una sala, en un charco de barro que se rompería (como el tejido social, decía Maresca) cuando los espectadores lo pisaran. Ahora el charco es un fuente delicada que presiden unas ranas nuevas, transparentes, apenas una inflamación en el vidrio que es su cuerpo y su soporte, un relieve que existe y cambia gracias a la luz y el aire que le dio volumen el aire que es alma y deseo de vivir y que El Búlgaro aprendió a aspirar cuando el agua le quita lo que le sobra.

III La noche más larga no fue la amenaza de la bolsa negra en la que pensaban envolverlo, ni ese camión que él recuerda plateado como un filo que estaba dispuesto a cargarlo. La noche larga era ese manto negro que se enredaba en sus pasos cuando no sabía que esa manía de transformar los alambres –que quedaban cuando en el Abasto se quemaban los cajones de papas que el llevaba y traía en un camión- en mujeres que cargaban cántaros; sería el hilo que lo guiaría hacia la superficie: su arte. Él las hacía y las dejaba herrumbrarse porque no creía que eso era un “laburo” suyo, como cualquier otra pieza de su Mundo. Es duro formarse en la calle, dice, es azaroso, puede funcionar o puede uno quedar aislado con sus obras sin saber siquiera que lo son. Por eso él es un hombre agradecido antes y después del pesimismo que esgrime como una marca de identidad y que cuesta reconocer: ¿por qué si no, insistir desde siempre en buscar un arte que sería ajeno? ¿Por qué, si no se espera nada bueno, seguir llenando su mundo de animales nuevos? Sencillamente no hubiera podido evitarlo, y además, fue (es) su forma de agradecer a ese grupo de amigos que lo rescató de una orfandad que apenas reconocía y le enseñó placeres nuevos: reunirse, hablar, hacer. Siempre le gustó el arte, dice, pero no había tenido acceso a sus goces más que fortuitamente, un par de tardes en que faltó a su trabajo de mozo para ver a Antonio Berni hacer La Vuelta de Martín Fierro en San Martín, la ciudad ortiba, según él, donde nació y creció. ¿Ves? –dice- no pude terminar el colegio pero era capaz de cualquier cosa por ver cómo trabajaba. Como fue capaz de cualquier cosa para recuperar ese tiempo perdido en distintos oficios antes de que el arte se transformara en algo vivo que además se podía compartir. Fue después de esos encuentros con otros artistas que conoció compartiendo choripanes en el Abasto cuando empezaron a nacer los monos tristes que arrastran la noche y su súplica en los ojos, y después los perros de la calle, cogiendo y rascándose porque el pudor a ellos no les pertenece y lo devuelven a quien mira como un espejo de la propia miseria. Estaba contento en esa época, dice, tanto que cuando lo invitaban a una fiesta llegaba dos o tres horas antes de la cita porque en realidad estaba aprendiendo también lo que era una fiesta. Que importaba que el cuerpo se esmirriara tanto como el armazón de sus esculturas; el manto negro todavía pesaba sobre sus hombros, sobre los hombros de todos , dice pensando en la asfixia de la dictadura y además, insiste, porque cuando vivís el equilibrio no es fácil. El equilibrio es esquivo y angosto como una cornisa y uno cede a una cosa o a la otra con tal de avanzar un paso, sea en la dirección que fuere. ¿Cómo iba a saber él que estaba enfermo, si todos estábamos enfermos?

IV “Se diría que son sapos que padecen de un exceso de vida; una inflación de la naturaleza encarnada en uno de sus ejemplares más paradojales: hermosamente plenos para algunos, repulsivos para otros. Pero Luis Freisztav sabe que la vida nunca es excesiva, sino justa y necesaria” escribió Eduardo Stupía en un fragmento del bellísimo texto que acompaña las obras de Mundo Búlgaro y que bien se podría copiar en estas página si no fuera por la ansiedad personal de rendir también homenaje a ese conjunto de obras que abren un universo particular, construido por pura voluntad, voluntad de abrir el espacio, de tomar aire, de valorar la experiencia de cada día por encima incluso de la obra porque El Búlgaro sabe que aún cuando desde su pesimismo cada tanto ordene las cosas para su propia partida y hasta dedique una obra para cada amigo –obras que se quebraron en el horno para que él entienda que no es momento de irse-, él sabe que lo que importa es el espacio, este intervalo fértil en el que todavía puede encontrarse con nosotros, donando sin saberlo la obra maestra de su empecinamiento, que le enseñó a nadar cuando apenas podía respirar. Y a hacer la plancha después del esfuerzo, para dejarse inundar por la paz que hace creer que podría, incluso, dejar de hacer. Aunque entonces los huérfanos seríamos todos los demás.


 


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