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TERMINARON LAS CLASES
- Martín Kovensky |
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Un artista que con su práctica -su entusiasmarse,
frustrarse, esforzarse, taller a taller- enseña no sólo
los trucos de la cocina del oficio, sino que con en ese
dibujar propio, como un chamán de la puna, (en vez de
yesca) usa grafito, tinta, píxeles, para producir chispas.
A veces, algunas caen sobre las ganas de dibujar de sus
alumnos y éstos se encienden.."
Rodrigo
Lara
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| Curación |
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Roberto Fernández |
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Fechas |
Inauguración: Miércoles 7 de
Diciembre de
2005
Cierre: Marzo de 2006 |
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Kovensky
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BIOGRAFía
En 1976 ingresó a la carrera de Arquitectura de la Universidad
de Buenos Aires para luego continuarla en la Universidad de San
Pablo, Brasil pais al que se mudó en 1997 y donde vivió durante
7 años.
Ya instalado en la ciudad de San Pablo, estudió dibujo con
Beatriz Berman, inició su producción artística y realizó su
primer exposición individual de pintura en la Galería Alberto
Elía, con la serie Billares de Papel. En 1981 viajó a Nueva York
y durante ese año estudió en el Art Student´s League.
Al volver a Buenos Aires en los ochenta, participó en la llamada
movida underground de la época. Realizó diversas exposiciones
individuales y colectivas (La Kermesse, Lavarte, etc.) y publicó
sus dibujos en distintos medios (El Porteño, Crisis, Cerdos &
Peces, etc). También en esos años participó como docente en la
Cátedra Cooperativa de Morfología en la Facultad de Diseño
Gráfico de la UBA.
En los primeros noventa, continuó dibujando y produciendo
objetos mecánicos interactivos. En 1992, participó con una
instalación de 500 dibujos en la muestra La Conquista en el
Centro Cultural Recoleta. Del ’92 al ’95 diseñó la revista
Página/30 donde investigó la generación de imágenes utilizando
el soporte digital. En 1996, construyó su casa en San Marcos,
provincia de Córdoba y se fue a vivir a las sierras. En 1998
comenzó a publicar sus dibujos en el Diario La Nación, donde
trabaja como dibujante hasta la actualidad. En 1999 se editó el
libro Kovensky 4.0 (Editorial La Marca), que presenta una
recopilación -1982/1998- de su trabajo múltiple con la imagen.
Del año 2000 al 2002, presenta en su página web www.kovensky.com
una experiencia de net-art basada en la publicación de una
imagen diferente para cada dia del año, estableciendo una
relación entre el cotidiano, la política y el arte.
En el año 2002 el Fondo de Cultura Económica de México edita el
libro LIMBO. Argentina 2002. Un relato en imágenes, donde
retrata las distintas facetas de la crisis y la metamorfosis
social de la Argentina y sus habitantes.
A partir del año 2000 comienza a ejercer la docencia mediante
cursos de iniciación a la práctica del dibujo. |
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Textos
TERMINARON LAS CLASES
Estos trabajos son parte esencial de la
experiencia docente que comencé hace 4 años.
¿Cómo hacer para transmitir conocimiento en una época donde casi
todos los paradigmas en los que nos formamos están dejando de tener
sentido? La respuesta que encontré fue la de la práctica colectiva
del dibujo. Durante cada taller traté de reducir al máximo la idea
del docente poseedor del conocimiento-poder para optar por la idea
del docente transmisor del acto creativo. Clase a clase, taller a
taller dibujé y aprendí junto a muchas personas que querían
aprender.
¿Y qué es el acto creativo en el dibujo? Para mi, consiste en la
posibilidad de alinear en un instante al objeto que queremos
representar, la mano, el ojo y el alma.
Huellas de ese alineamiento, de esos intentos personales para
lograrlo, son los dibujos que forman parte de este libro y la
muestra que acompaña a su presentación.
Martín
Kovensky
Noviembre 2005
SE TRATA DE UNA MAGIA EMPEÑOSA
Martín cuenta una anécdota: Una madre observa cómo su hijo
pequeño dibuja a alguien de cuerpo entero. Cuando termina, ella le advierte
que olvidó un detalle. Sin decirle cuál es exactamente, lo interroga al
respecto: “¿Qué falta?” El chico observa el papel un instante y luego,
contento, exclama, “¡¡la espalda!!” y da vuelta la hoja para dibujarla
-precisamente donde suelen estar las espaldas reales- en el otro lado. “Uno
tendría que dibujar en ese estado. No lo logramos porque tenemos la cabeza
llena de suposiciones incorrectas”, dice sonriente. Y vaya que uno llega con
una mochila de ese tipo a su taller de dibujo en Jorge Newbery.
Lo primero que reencontré -una manera viva de decir “aprendí”- gracias a él,
fue la necesidad de “una práctica sin juicio.” La necesidad de empobrecerse.
De dejar en la calle esa falsa riqueza: los prejuicios. “Tenemos muchos
prejuicios de lo que es un dibujo,” dice Martín. No ocurría así en cambio
cuando integrábamos ese mundo donde el 100 por ciento de sus habitantes
dibuja: la niñez. Luego el mundo se divide. Por un lado, queda el grupo
escasísimo -supongamos un 0,01 por ciento de los niños- que decide que no
soltará los lápices hasta morir. El resto de la humanidad, en cambio, marca un
rato su propia piel, así como cualquier superficie manchable o trazable:
paredes, hojas, tierra, arenas, suelos. Y un día se detiene. Para no volver
nunca más a ello. Las ganas de llenar o de modificar el mundo con líneas y
manchas se les vuelve tan loca como, para siempre, ajena.
Pero falta un tercer club. El nuestro. El de los renegados inciertos. Los que
no sabemos muy bien que hacer con las ganas. Esas. Que nos rondan. Que nos
pinchan. ¿A qué nos enfrentamos? ¿A un error o a un don? ¿A una nostalgia o un
acto de poder reparador? De hecho, a todo quien llega a su taller, Martín le
entrega un cuaderno Rivadavia de hojas blancas. Sabe que somos enfermos que
buscan cura. “Esto es como una dosis de antibióticos fuerte. Esto es ¡ya! ¡pum!
Hay que dibujar”, prescribe. El cuaderno es un trabajo que habrá que hacer
durante una semana o un taller entero. El cuaderno se convierte en un análogo
del mismo taller. Agazapado en las hojas blancas de aquel cuaderno viene el
segundo cachetazo: Un otro concepto de práctica. Todos los caminos pueden
llevar a Roma, es cierto; pero no se arribará a ella sin gastar la suela de
varios dedos índice, pulgares y del corazón. Porque, acá viene el corolario
más sorprendente de la “doctrina” de Martín, el dibujo es la invención de la
realidad que modifica la realidad. Es que se modifica uno. Las sinapsis y
músculos de uno. “Y ahora métanse en el cuerpo” le decía una profesora de
Yoga, relata en cierta clase, y eso es aplicable -remacha- a dibujar.
Que tengamos que recordar que somos cuerpo “habla de una disociación que no
tienen los niños.” ¿Cómo hacerlo entonces? “No hay soluciones mágicas. A la
que llegué por mi parte es que cuanto más horas dibujás, mejor dibujás.” En
otro momento Martín recuerda a su profesor de figura humana en la Art Students
League de Nueva York, Marshall Glasier. “La mano tiene un cerebro dentro de
ella”, decía. La intuición, allí, de que no es la técnica lo que viene
primero, sino la mirada. Aquel verdadero acertijo cuasi zen de Cezanne: Es
necesario dibujar “inexactamente exacto.” Pero ¿cómo? Son sólo palabras,
piensa uno. Y allí viene Giacometti, décadas antes del marketing: “Si es
imposible, tú puedes hacerlo.”
El corazón de su método de aprendizaje contiene la idea de que dibujar en
acto, entregándose por entero, sin reparos el un momento, es la única manera
de sacar energía, arte, de la tensión nunca resuelta entre la técnica y la
expresión. Hay que comprometerse, induce. “Y es bueno que sea así. Es en base
a ese compromiso que se va construyendo un sentido de práctica.” Compromiso
antes que nada con uno mismo, pero no con los prejuicios y demandas delirantes
de uno mismo. Porque cuando se dibuja, puntualiza, “se produce una exigencia
del ‘como debe ser’.” Y esto -lo sabemos todos- suele ser el prólogo de la
parálisis. La salida es simple: trabajar a la manera como él lo hace en el
taller: en vez de bajar una consigna y esperar, él la explora, junto a
nosotros. Se aprende así que “los resultados están en el esfuerzo
acumulativo”, como señalaba el artista alemán George Grosz, maestro de Glasier.
Esfuerzo que se deriva en cosas tan prácticas y claras como descubrir que “el
dibujo resiste la corrección sobre el dibujo mismo, lo que es parte de su
fuerza plástica.”
Así que era cierto: “práctica mata teoría.” Pero también es verdad que la
práctica puede y debe ser discutida. En el taller lo hacemos. Puestos sobre
las mesadas o pegados momentáneamente en las paredes, los trabajos se someten
a escrutinio. Aquí es donde se encuentra el segundo momento denso, inasible
por rico, del taller: el de aprender a extrañarse de si mismo y poner el
esfuerzo en la contemplación de lo realizado, pero no para contentar ni al
ego, ni a un tercero, ni para agradar a ese “tercero” convertido en voz
interna propia.
Pero ¿dónde encontrar terreno firme para valorar? La respuesta de Martín es
tan doble como contradictoria y por eso mismo vibrante. Por un lado, si uno se
la jugó entero, el esfuerzo está logrado. No es necesaria ninguna teoría que
me diga que salió “bien”: si dibujo en acto lo sé. Por otro, el resto de la
sociedad, distingue, premia, pone precios. O sea, encasilla en organigramas,
escuelas, historias locales, nacionales o mundiales; aquel demonio que nunca
deja de trabajar: el de las categorías. ¿Cuáles y cómo aceptarlas?
La respuesta está, aprendimos con Martín, en el aura. Si “el alineamiento
entre el ojo, la mano el objeto y el alma” funcionó, el dibujo respira.
Cualquier observador apasionado, a despecho de la destreza técnica incluida,
se dará cuenta de ello. Sin embargo tal “respiración” se obtiene por medio del
juego de “obedecer-desobedecer” las consignas de aprendizaje y de práctica,
siempre y cuando se entienda que: “Todos somos eslabones de una tradición
larguísima.” Ramas nuevas de un árbol, o -mejor- de un bosque que comenzó a
crecer hace mucho. De lo cual se desprende que habrá que dibujar para ser
dibujante siempre a “salto de copa.”
Martín mismo, lo veo hoy, es una rama singular de uno de esos
árboles. Un artista que con su práctica -su entusiasmarse,
frustrarse, esforzarse, taller a taller- enseña no sólo los
trucos de la cocina del oficio, sino que con en ese dibujar
propio, como un chamán de la puna, (en vez de yesca) usa
grafito, tinta, píxeles, para producir chispas. A veces, algunas
caen sobre las ganas de dibujar de sus alumnos y éstos se
encienden.
Rodrigo Lara
Buenos Aires, noviembre 2005
QUERIDO ARPONERO, EL OTRO DÍA...
Después de salir de tu taller me quedé pensando. al principio más
bien una sensación que un concepto.
La sensación, la impresión, de haber estado en un lugar donde se
piensa en común, donde se producen cosas y acciones de común
acuerdo, en común unión.
El taller creo tiene como función básica hacer recordar a sus
integrantes aquello que saben pero tienen olvidado.
Vos recordás y hacés recordar con herramientas básicas: lápiz y
papel.
tal cual las que usamos antes de comenzar a hablar y complicar el
mundo.
lápiz y papel: las herramientas con que la inocencia se expresa,
comunica conceptos: la casa, el sol, el vacío, la ilusión.
Esto es una casa, esto es un sol, esta figura soy yo.
Como cuando tu hija me muestra tres puntitos de colores y me señala:
"estas son estrellas"; y yo le creo porque lo que allí está
importando es la verdad y no la veracidad, no lo que se ve sino lo
que se está significando.
"el medio es el mensaje", nomás.
Dicen por ahí que la filosofía debe servir para recuperar nuestro
sentido común y la enseñanza es también una manera de filosofar, de
reflexionar sobre las cosas y aconteceres comunes.
Un taller debiera ser quizás entonces aquel lugar en donde las
personas, los ciudadanos, se sientan, conversan, dibujan excentos de
la necesidad del "ser artista" sino ser uno mismo representando al
que está al lado, un sueño o una mano.
Dibujar es diseñar y también comunicar; y supongo ya que no se trata
de comunicar "la verdad" sino pequeñas verdades, mínimas verdades
que merecen ser conservadas en una cosmogonía de puntos y líneas.
Así lográs que el dibujar sea además un efectivo sistema de
convivencia.
Quien sabe hacer convivir una figura con su fondo nos está contando
que sabe también diseñar otros sistemas de convivencia.
Evitar el verticalismo es otra manera de convivir y creo que vos lo
entendés así al no mediar un "estrado" entre vos y tus alumnos.
Me gustó eso que se sientan y dibujan todos juntos, con una consigna
en común. incluso vos.
Los imagino: un oasis en el desierto.
Los imagino felices haciendo lo que hacen y esto es suficiente
función para el arte, ¿no?.
Sí, creo definitivamente que el arte además de objetos debería
producir felicidad, profunda felicidad.
agradecido. Un abrazo
Remo Bianchedi
Julio 2005 |
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NOTAS
Al diseño por el dibujo
Ilustrador y artista, Martín Kovensky es un férreo promotor
del dibujo como herramienta del acto creativo. Su muestra
“Terminaron las clases”, en la Papelera Palermo, y un reciente libro
dan cuenta de su método.
El de Kovensky es el mundo de la imagen. Dibujante, ilustrador,
pintor, comunicador visual, artista plástico. Siempre ejerciendo un
trabajo bifronte como él llama a la actividad que comparte desde
siempre entre los medios (El Porteño, Página/30, Página/12 y desde
1998 La Nación) y su producción artística. “Mezcla de redacción y
atelier, pincel y pixel. Un pie en la tradición y otro en la
contemporaneidad”, define. La etapa actual lo encuentra trabajando
desde La Cumbre, Córdoba, pero sobre todo abriéndose paso en la
docencia con el que aspira a ser un nuevo sistema de enseñanza del
dibujo. Un nuevo desafío en el que está embarcado de forma natural
después de que en el 2002 presentara en la Papelera Palermo el libro
Limbo (Fondo de Cultura Económica), un registro personal, un relato
en imágenes de la crisis 2001. En charla con m2 da cuenta de esta
nueva experiencia:
–¿Por qué es importante el dibujo?
–Creo que en esta época tan caótica y desde lo cultural
antidemocrática, donde hay una mala distribución de ingresos y de
conocimiento, el tema de recuperar el dibujo como herramienta
formativa es muy necesario. En el aprendizaje del dibujo hay una
posibilidad de entrar en acto rápidamente. Yo veo el dibujo como un
gran atajo hacia el acto creativo. ¿Por qué dibujan los chicos?
Porque son esencialmente creativos y como no tienen prejuicios y
como lo que tienen a mano es papel y lápiz llegan al dibujo. Dicen
los que estudian semiología que el dibujo precedió a la palabra. Esa
tesis es súper importante. Como lo es tratar de ver cómo hacemos
para llevar el espíritu de Ongamira a la vida contemporánea de la
sociedad de masas impersonal. Yo pienso que el dibujo puede ser un
enorme atajo para que las personas vuelvan a encontrarse a sí mismas
y entre ellas.
–¿Por qué esta inquietud personal?
–Cuando empiezo a dar clases, entre comillas, ya que la idea de
clase como conocimiento de un sujeto que ostenta el poder para mí es
caduco, descubro varias cosas. Primero me llamó mucho la atención
que un porcentaje elevado de participantes de los talleres son
diseñadores de distintas carreras –gráfico, imagen y sonido,
arquitectura– donde no se ejercita el dibujo. Tal vez porque se cree
que con el software se resuelve todo y eso es falso, además de
peligrosamente fácil. De ahí a la cosa homogénea, descafeinada,
light, ausente de verdad, hay un paso. Hay algo que tiene de
interesante el dibujo, que es el contacto con el acto creativo. Un
contacto con lo absoluto. Yo creo que he sido de los primeros que
uso la computadora como herramienta. Uno de las primeras 200
personas en tener una Mac 512 en la Argentina. Pero enseguida me di
cuenta de su rol de interfase. Una herramienta poderosísima de
trabajo, innegable, pero no exclusiva. Porque la compu sola te
limita, sobre todo, porque uno está trabajando sobre un programa
diseñado por otros. Y además por otras cuestiones hiperparadójicas,
como el hecho de que hay situaciones que se resuelven de manera más
rápida y mejor con un lápiz y un papel. Entonces se pierde energía
en el procedimiento cuando muchas veces la velocidad es más
importante porque es lo que te permite encadenar las ideas.
Entonces, el acto creativo de un logotipo o de idear un prototipo es
más fácil con la mano que con algunos programas.
–¿Ese abandono del dibujo como práctica corriente pasa por el
recurso de las nuevas tecnologías o por el pudor o temor de
enfrentar la hoja en blanco?
–Todo tiene que ver con todo. Es un síntoma de la época el temor a
la manualidad, que mucho tiene que ver con la falta de transmisión y
práctica coherente con otros tipos de cultura, como la música y el
consumo. Hay una cierta alienación. Todo bien, no me asusta, tampoco
quiero que se confunda este discurso como “dibujo sí, compu no”. Yo
lo que veo es un desvío, un desborde tecnológico, que es grave si la
máquina no es una prolongación de un pensamiento. Ahora bien, lo que
vi en los talleres es que la gente recuperaba el acto creativo.
“Ahora vamos a cazar a los bisontes”, decíamos. Cuando uno ve tele
no caza bisontes. Te lo venden enlatado, muy bien diseñado, eso sí.
Cuando dibujás de algún modo recuperás esa mística. Por eso me
fascina poder trabajar en la transmisión de la enseñanza del dibujo,
que además es genialmente barato para un país del tercer mundo. El
dibujo en la medida en que te apropiás de ese sistema de
representación, de pensamiento, sos vos. Es como un viaje astral.
Así, el tipo que se imagina una silla porque en ese momento se le
cayó la manzana, va y la dibuja y no tiene ninguna limitación. Todos
los chicos se lanzan a dibujar hasta que en un momento surge el
mandato de que el dibujar bien es que se parezca a. Una locura.
Curiosa, por cierto, porque por otro lado es demodé. La fotografía
eximió a las otras artes visuales del parecido.
–También tiene que ver con este mundo acelerado en que vivimos...
–Sí, para dibujar hay que permitirse interrumpir. Y creo que hoy eso
es valiosísimo. Sobre todo las prácticas de dibujo colectivas, donde
se genera una energía de grupo que es superior a la individual. Algo
va pasando de uno a otro y ahí me veo en un papel más interesante
que el del docente tradicional. La muestra y el libro surgen de ahí,
de lo que produje yo pero en el contexto de las clases, con los
alumnos en los talleres, que es quizá lo mejor que produje en los
últimos años. Y el libro es un primer registro en forma preciosa,
artesanal, en serigrafía, en papel hecho a mano. Registros de esos
momentos y un texto hecho por el amigo, escritor y periodista
Rodrigo Lara, quien describe este descubrimiento. El libro no tiene
un valor pedagógico, pero a futuro sí me gustaría sistematizar este
trabajo.
–¿En qué se ve el virtuosismo de un dibujo?
–En la verdad. Virtud-verdad. Podés aprender una técnica de
verosimilitud pero pueden ser dibujos muertos, y de repente un
garabato te conmueve con tres trazos. Siempre digo que el buen
dibujo es aquel donde está alineado el objeto, la representación del
objeto y la propia persona que lo realiza. Cuando eso sucede caés en
una cuarta dimensión de transformación de la realidad. Es casi una
práctica espiritual próxima al zen. El dibujo al diseño es como el
óvulo y el espermatozoide al ser humano. Y si no pensemos en la
experiencia fundante de la Bauhaus, cuando lo ponen a Johannes Itten
a dar un curso de dibujo.
–¿En tu trabajo personal hay una mecánica? ¿En qué abrevás?
––Para el diario, sí. Una muy sonsa, que es hacer cuadernos como
soporte. Dibujo todo ahí y muchas veces todo mezclado. Para resolver
uno hago diez súper rápido. Lo llamo el “copy and paste ampliado”
porque después elijo una parte que me gusta y la corto como un
collage. El primer lugar en que abrevo es la sensibilidad, la
lectura y un alto nivel de información y de pensamiento de la
realidad.
–¿La mayor satisfacción?
–Del acto creativo, que no es privativo del dibujo, es que hay algo
que se te revela del mundo en lo que hacés. Esa conexión con el
inconsciente que considero un privilegio. Gran promotor de caída de
fichas que torna visible lo invisible y no se da por tener más o
menos talento sino más o menos compromiso. Pero, por sobre todas las
cosas, el dibujo lo que te brinda es autoconocimiento. Vivimos en un
mundo cruel y esto es sanador y accesible a todos. Todos pueden
** Muestra “Terminaron las clases”: hasta marzo en la Papelera
Palermo-Casa de Oficios, Cabrera 5227,4831-1080.
Por Luján Cambariere
Febrero de 2006
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