Pirozzi: un invento argentino


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Cargada, barroca en la minucia obsesiva de detalles que no se ven a primera vista, su obra salta primero a los ojos como si cada trabajo fuera un solo impulso, un ataque al soporte hecho de un solo tirón".  Miguel Briante

Curación
Roberto Fernández
Fechas
Lunes a Viernes de 11 a 13 y 14 a 19 hs.
Sábados de 10 a 13 y 15 a 18 hs.
Inauguración: Jueves 6 de julio, 19hs.
Cierre: 30 de agosto de 2006.

Nació en 1948 en Buenos Aires, es autodidacta, y participa en salones en el país
y en el extranjero desde 1969.


Exposiciones Individuales
1970 Galería Lirolay.   
1977/78/79/81   Galería Artemúltiple.
1983   Galería Alberto Elía
1984   Galería Adriana Indik
1985   Unión Carbide Argentina
1989   Galería Alberto Elía
2006  "Pirozzi: un invento argentino", Papelera Palermo - Casa de Oficios, Bs. As.

 Premios obtenidos
1969   Mención Pintura, Primera Bienal C.I.S.A.
1970   Mención Dibujo. Sociedad Hebraica Argentina
1982   Primera Mención. Premio Georges Braque
1983   Mención Pintura, Premio Lufthansa
1991   Primer Premio Pintura, Salón Manuel Belgrano

Obras en colecciones
Chase Manhattan Bank, Buenos Aires.
Elizabeth Franck Gallery, Bélgicac
Museo de Arte Americano de Maldonado, Uruguay
Museo Sívori, Buenos Aires
Suchard Argentina, Buenos Aires
Carnegie Institute Museum of Art, Pittsburg, E.E.U.U
Fundación Antorchas, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.



textos

VUELTA A LA IDA.
En una pintura que va y viene, sin fin, Jorge Pirozzi –artista argentino de la generación intermedia- sigue rastreando sus propias obsesiones. Tras la apariencia del gesto, demuestra que una obra es algo más que unos cuantos planos y un chorreadito, y que la mano no esta despojada de la idea. Una obra sólida, perdurable.
En su voluntad de expresar “¿qué es la obra de arte?” –en un libro de ese justo título que viene de ser reeditado- el polémico Romero Brest planteaba con claridad simple el tema de la materia y de las formas artísticas y anotaba: “Es imprescindible distinguir, por tanto, entre la materia bruta, que sólo posee notas de especificación física, y la materia artística, la que ya está incluida en el proceso de creación. (…) No se debe esa transformación de la materia solamente a la impronta que sobre ella deja el espíritu del artista, sino al descubrimiento que éste realiza de las posibilidades de expresión que contiene”. Es bastante probable que en ese encuentro entre materia y espíritu –en un equilibrio justo entre la fuerza de choque del artista mismo, de su impulso y de lo dormido en el material- esté la fuerza final que emerge de los trabajos de Jorge Pirozzi.
Parece obvio –porque no otra cosa sería toda obra de arte, al final- pero no lo es, en una época donde la mayoría de los aspirantes a la gloria de las artes visuales eligen fórmulas hechas, como las establecidas por el postmodernismo –grandes planos, como las establecidas por el posmo-figuras chiquititas; o meros chistes- o la ejecución de ideas de las que no todos salen bien parados, quizá porque, más allá de las astucias con las que se manipule el material, las ideas resultan o muy vistas o (muy copiadas) o muy pequeñas. Suele ocurrir que se utilicen  galpones para mostrar ideas que caben encima de una mesita de luz.
EEn esa batalla entre la retórica de la inteligencia y la marca de lo gestual, Pirozzi parece haber elegido, empecinadamente, un lugar muy propio en el que lo gestual se hace inteligente. Su pintura –ya sea la de los trabajos en gran tamaño o las que se exponen ahora bajo el título “Obras de cámara”, elaboradas en óleo sobre papel y algunas dibujadas en birome- propone siempre una especie de velado misterio que impone lecturas sucesivas. Cargada, barroca en la minucia obsesiva de detalles que no se ven a primera vista, su pintura salta primero a los ojos como si cada trabajo fuera un solo impulso, un ataque al soporte hecho de un solo tirón. Ya en esa primera lectura se nota un rastro particular, algo que dice “este es Pirozzi”. Esta vez Pirozzi ha elegido el óleo, puesto en colores simples o mezclados hasta dar matices pocas veces elegidos –ciertos verdes aislados parecerían chirriantes, ciertos celestes que aislados parecerían ingenuos-, quitándole por momentos su capacidad de grito, de brillo, para juntarse en una opacidad serena, como tranquila, y esa misma trampa desata, al fin, el segundo nivel de lectura, de mirada: ahí adentro hay algo más que gesto, que impulso, y se urde un mundo lleno de signos extraños, pero fuertes, y reconocibles. Es un escenario desaforado, donde se mueven dramas: el hombre, la figura del hombre –deformada, estirada en todas sus posibilidades plásticas, “abrumada” en el sentido literal de la palabra, porque parece salir de la bruma de las pesadillas- enfrenta símbolos, recuerdos, accidentes del alma, y hay un encuentro justo entre cada pincelada, entre cada color impuesto a cada hombre, a cada mujer, a cada objeto.
Los trabajos realizados en birome, como quien dice a mano alzada, revelan en esta muestra –en sentido inverso al camino que debe hacer el que mira- la trama de las obsesiones de Pirozzi, que parte de situaciones cotidianas para desencadenar esas atmósferas densas, que remiten a un mundo lleno de acechanzas, si cabe la apelación a la palabra para describir algo que ya no pertenece más que al territorio de la plástica, y más precisamente a la plástica de Pirozzi. Partiendo de esos dibujos donde parece plantearse la idea, y donde todavía existe la profundidad –o el vacío del papel en blanco que actúa como un infinito probable-, se verá cómo, finalmente, y por expresa voluntad, el artista elegirá después, en las pinturas, venirse con toda carga de lo imaginado hacia delante, hacia un primer plano que crea una sensación de primera abstracción, o neoabstracción –en contraposición a la neofiguración- y que no es otra cosa que una distancia, un extrañamiento brechtiano, en relación al tumulto de pasiones que hay en cada cuadro.
En este camino solitario, Jorge Pirozzi –nacido en 1948, en Buenos Aires- crea una e las obras más perdurables que está dando la pintura de estos años.

Miguel Briante
Página 12 / 1992


 

PIROZZI. UN TROZO DE VIDA.
Alguien recordó que:…”los reyes hacían sus hijos con las pastoras”. Dijo de ese modo que todo lo que pertenece al mundo de las convenciones nada tiene que ver con el profundo deseo de entrar, permanecer y dejarse llevar por la inmensa, impresionante ola de la vida.
Para un artista como Jorge Pirozzi el epifenómeno denominado mundillo cultural exuda la mayoría de las cosas que le resbalan. Sobre este mundillo ironizó Berni cuando dijo que: …”si mañana se cerrara el aeropuerto  de Ezeiza muchos pintores no sabrían que hacer”. Por esa puerta entra la información digitada por el mercado internacional. Este neo-oficialismo almacena en sus bodegas todo lo mejor  y lo peor: igual que un gran supermercado.
Para no permitir la confusión y facilitar las ventas generales de los artistas más jóvenes -…los viejos ilustres ya están amortizados- el mercado tiene sus críticos asalariados que dictan las normas de lo que conviene hacer en cada momento. Esta situación ya produjo un estilo internacional, una especie de esperanto plástico.
Contra ese enorme bostezo se opone, por mera presencia, un artista d la dimensión de Pirozzi.
Mientras muestra su pintura, cientos de dibujos –la mayoría realizados con birome en papeles de oficina- aparecen por todos lados de su taller-vivienda de la calle Triunvirato. El artista muestra  y muestra y no para de hablar como si tratara de explicar su desesperada búsqueda por articular todo lo que lo enceguece, lo ilumina, lo sorprende y siempre lo alejará de la renga prescindencia; esa su permanente búsqueda de buscarse a si mimo en esa cosa que el destino le deparó: la sumatoria que contiene todo el espacio. Esa pintura que como una enorme enemiga amada aprieta, cubre toda su vida.
Cuántas cosas ve Pirozzi inaccesibles para nosotros, las que le sirven para crear ese universo en el que los gastronómicos trozos de materia, las negaciones, las afirmaciones entran a formar parte de un sistema creíble, de un inquietante mundo pirozziano paralelo a lo fenoménico.
Pirozzi alguna vez recuerda más que la crueldad la obsesión de los niños que indagan sin zambullirse como si la materia pictórica constituyera el elemento ideal para reencontrar límites…El diálogo que entabla no trata de objetivar el mundo, sino las circunstancias de la propia subjetividad. Ocurre entonces como si la materia, el color, la forma no le alcanzaran: destroza, rearma, retoma, golpea…
En muchas de sus obras es como si un temor al vacío lo mandara en una dirección en la que la forma-espacio se divide constantemente. En Pirozzi el espacio es una consecuencia de su accionar, no parte de un espacio-cubo prefigurado. Tampoco existe impostación alguna. Así como el hombre no compone su vida, sino que la vive, una obra de este artista contiene todos los ingredientes como si fuera –con la especificidad de la pintura- un trozo de la vida misma. Es en este sentido que Pirozzi se reconoce y es reconocible.
Mientras miro y escucho no puedo dejar de pensar en Cesare Pavese cuando dijo que un nadador urgido en cubrir una distancia no tiene tiempo de fijar su vista en la brillante estela que sus brazos van dejando al avanzar. Pero, en todo caso, ésa es nuestra responsabilidad.

Carlos Gorriarena
Revista Artinf / 1998

 

JORGE PIROZZI, TRAS LAS HUELLAS DEL CAZADOR DE ELEFANTES
Pirozzi es uno de los mejores pintores de su generación e, indiscutiblemente, uno de los más apasionados. Es esa pasión la que nos hizo retirar nuestras preguntas del reportaje, para admirarla y para que en un monólogo inteligente, original y continuo, nos pinte su mundo sin tocar los pinceles.

La herramienta devela la relación
Para explicar la relación entre el arte y la realidad me tendría que poner a ver las cosas que tengo en la cabeza desde hace mucho tiempo, no hay forma de explicarlo.
El arte no refleja la realidad, tampoco es una herramienta para contarla.
Es más fácil explicar qué es un pintor.
Pensar así es más posible: el mero análisis de la herramienta devela una relación con la realidad sin conocerla.
Si hago un estudio arqueológico y encuentro herramientas, me puedo dar cuenta de cosas que no puedo ver en una realidad del pasado que ya no existe. A través de esas herramientas voy a poder discernir algo acerca de cómo era la relación del hombre con la realidad en ese momento.
El arte es otra cosa. No tiene ningún tipo de obligación de reflejar la realidad.
Que se produzca de una realidad aparente es posible, pero cuando uno lo recibe ya es otra cosa, recibe otra realidad, no es un vehículo de ésta, no se usa para eso. No se usa para nada.
A veces pensé que lo que yo hacía (es muy pretencioso lo que voy a decir) era igual a lo que hace un pigmeo: en cada una de sus tribus hay un especialista que caza elefantes, arriesgando su vida al perseguir a estos grandes animales. Los mata con unos dardos muy chiquitos, envenenados. Los ensarta y después los sigue tres días hasta que el elefante se muere.
Cuando lo ve morir, (si no lo mata antes a él, por que no es joda ya que le tiene que tirar desde muy cerca, después de tres días de caminata por la selva) le corta una oreja o una parte del cuerpo y vuelve a su tribu para demostrar que cumplió su labor.
El grupo va hasta ese lugar, se radica donde murió el elefante y vive un año o dos años de su carne, por que lo ahuman y lo consumen durante mucho tiempo.
El cazador tiene una pulsión hacia el elefante, tiene una función precisa que es perseguir su presa, algo que siempre se le escapa. Persigue algo.
Suele haber una ansiedad muy grande en el momento EN que está por hacerlo, y debe ser bárbaro cuando el tipo lo cazó y muy jodido cuando se le escapa.
Eso es lo que para mí pasa con la pintura, pero peor todavía porque con la pintura nunca se ve al elefante, nunca sabés lo que estás persiguiendo, siempre estás aproximándote a algo muy extraño, que no sabés qué es.
Hay quienes hablan del elefante mucho mejor que yo: Humboldt, Darwin. Ellos sabían de elefantes una barbaridad, pero no sabían cazarlo y yo, que ni siquiera lo conozco, pretendo cazarlo. 

La sensación de haber estado cerca
Hay pintores que creen haber conseguido algo, yo sé que conseguí la sensación de haber estado cerca de algo, que no sé qué es, y eso es lo que me hace reincidir. Es una sensación más o menos cierta.
Si vos trabajás con una receta de cocina, obviamente vas a llegar a algo, porque es seguro el destino. Es difícil configurar una cosa que no sabés qué es. Por eso me es difícil hablar de una realidad, yo no sé si alguna vez partí de una realidad. A lo mejor fue de la realidad de un momento determinado, una realidad temporal, nunca una realidad concreta.
Yo creo que la realidad y el tiempo no existen, que todo es una ilusión, pero no una ilusión desde el punto de vista literario como decía Calderón de la Barca. Yo creo que todo consiste en tensiones de energía y materia definidas casi al nivel de física cuántica, es como que todo se limita a eso, y lo demás son todas formas.
Desde acá hasta allá aparentemente hay cierto espacio, pero es una mentira, en realidad no hay un espacio, hay un espacio porque nosotros nos diferenciamos y ocupamos los distintos lugares, pero esto está todo junto, hay tensiones que en definitiva son lo que se percibe y lo que se ve.
Yo cuando pinto no intento nada, pinto. No existen para mí las ideas en la pintura, lo único que existe es el cuadro. Yo creo que el cuadro está en la pincelada, no existen los colores, es mentira, el color es tan arbitrario como un tono musical, hablar de rojos es como hablar de un sol sostenido, que no me la música. Uno puede decir que está trabajando con determinado tipo de cosa, pero lo que se ve en realidad es lo último que pasó, lo que sostiene la imagen es la pincelada.

La pintura indefine
Es cierto lo que dice Carlyle: lo único que no se degrada del arte es la ejecución.
La pintura indefine la realidad, no la define. No existe el arte conceptual. El concepto no tiene nada que ver con el arte. Las pinceladas y el cuadro resultante serían apenas las huellas del cazador de elefantes.
Yo soy un pintor, entonces no sé si puedo hablar de arte. El arte es una cosa que tiene que ver con la historia. Los críticos de arte no se meten con la pintura porque no la conocen. Hablan de otra cosa. Llevan al plano del lenguaje lo hablable de todo esto.
Creo que con la pintura te acercás a esas cosas que están fuera de uno.
La pintura tiene que ver con la inminencia de una revelación que no se produce, con algo que tiene que aparecer y no aparece. El gran error del cine argentino es, justamente, que explica todo, todo el tiempo. Incluso las manos sobreactúan. Y además de explicarte, te dejan una moraleja al final por si no lo entendiste. Hay que parar antes de que el hecho se produzca. En el momento en que se explica pasa a ser una fórmula. Lo que tiene de bueno la sonrisa de la Gioconda es que todavía nunca sonrió. Lo interesante es siempre el momento previo.

La lluvia seca
Si la pintura explica la realidad, es pintura realista. Pero es contradictorio decir pintura realista, como también es contradictorio decir arte conceptual. Hace tiempo que se habla mucho de arte conceptual. Para mí el arte conceptual no es una obra, sino un deseo, un deseo de cómo debería ser la obra. Un deseo que no termina de concretarse. Y antes de que se concrete aparece otro deseo que es otra obra de arte conceptual, y así sucesivamente. El arte conceptual es un hijo predilecto de la crítica. Decir arte conceptual es lo mismo que decir lluvia seca. Son opuestos, antónimos. Son dos términos que se están negando mutuamente. El arte es aquello que no conceptualiza absolutamente nada. Lo que tiene de bueno el arte es que señala algo aparentemente estable, lo inestabiliza y lo muestra de diferentes formas. El concepto, en cambio, hace lo contrario. Encuentra una misma palabra para una diversidad de cosas. Elimina todas las diferencias. Hace que un árbol se vea como nunca fue. El arte recupera todo lo que el concepto unifica y elimina. Por eso el arte es una cosa y el concepto, otra.
El arte recupera la diversidad y el concepto hace desaparecer la diversidad, eso lo dice Nieztche y si lo dice Nietzsche es palabra sagrada. Yo creo que fue el único tipo irrefutable en la historia del mundo, por eso no se enseña Nietzsche, porque enseñan aquello posible de ser entendido o de ser aceptado, y si aceptás a Nietzsche te tenés que matar y la sociedad tendría que desaparecer.

 Van Gogh, un mamarracho
¿Por qué Van Gogh fue considerado un mamarracho en su momento?, porque la sensación de la gente es que un mamarracho es aquello que cualquiera puede hacer y aquello que la gente no puede hacer está bien pintado.
La gente dice: esto no lo puedo hacer yo, esto es bárbaro. Se valoriza a partir de su propia ineptitud.
Aunque sea un payaso llorando, una porquería, lo evalúan por su nivel técnico, si ellos no lo pueden hacer, es una maravilla.
Es lo mismo que pasa con el bricolage. A la gente le enseñan a resolver técnicas para que crean que están pintando. Aprender bricolage es lo mismo que hacer un curso de eyaculación precoz, es una cosa ridícula, cómo vas a aprender una técnica para incrementar tu ineficacia sexual. Y un mamarracho puede llegar a ser un payaso llorando bien pintado ¿por qué? Porque está lleno de lugares comunes.
Van Gogh es tan bueno porque es la ausencia total de lugares comunes, no hay nada que se le aproxime. Eso pasa con Pollock, es un conceptual, porque el hecho de no haber caligrafía y el hecho de hacer que la impronta personal quede librada a la ley de gravedad, es conceptual, la gota va a ser siempre la gota, pero lo que produzca la gota no, es conceptual el armado de la imagen. Pero si repetís el proceso y aunque consigas lo mismo, el Pollock no te sale. Es lo mismo que Mozart, hoy sería fácil imitarlo, podrías hacer un Mozart perfecto, yo puedo ser un estudiante de música y componer bien una obra a lo Mozart, pero en el momento que cae la gota, o que la nota es escrita, queda la impronta del tiempo y sin ella no tenés ni Pollock ni Mozart. La energía del momento es lo que define esa situación de límite. Lo que tiene Pollock es que no deja abierto el camino de la expresión, lo cierra porque si te ponés a tirar pintura no podés no parecértele, entonces entramos en los lugares comunes también. Lo que persigo es entrar en los intersticios caligráficos, crear un espacio que no estaba.
Es como dice Borges: el arte no es platónico es concreto. Cuando es platónico es crítica de arte, es un punto de apoyo en la conciencia del modelo. El crítico compara, no puede ver. Lo que hace es transformar el arte en algo que no tiene que ser. No hay nada fuera de lo comparable para el crítico, cuando está fuera de lo comparable no puede verlo.

Gabriel Levinas
 


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